Estaba considerando un artículo que acabo de leer mientras estaba en el Internet en referencia a una nueva versión de la Biblia llamada La Voz, en la cual cambian el nombre de Jesucristo por el de Jesús, el Ungido. Nosotros, los cristianos que estamos acostumbrados a usar el nombre Jesucristo, quizá olvidamos lo que significa Jesucristo: Jesús significa Salvador, y Cristo es un título exclusivo de Jesús que significa "Ungido". Asimismo, entendemos que Jesús es el Hijo de Dios, por tanto podemos interpretar el nombre Jesucristo como Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido.
La polémica viene en el sentido de que esta traducción usa “Jesús, el Ungido” en lugar de Jesucristo, lo cual despierta sospecha en algunas personas que piensan que “Jesucristo” es el nombre que debe usarse y no debe ser cambiado. Por mi parte pienso que en este caso no se trata de una omisión, sino más bien de una transliteración del significado del nombre, una traducción literal, lo cual no considero como una ofensa mayor, si se le puede llamar ofensa.
Siendo que esta traducción pudo haber sido hecha con el fin específico de facilitar su entendimiento a personas con una capacidad limitada de comprensión, o por no estar muy familiarizados con los nombres y títulos dados al Señor, no veo ningún problema en ello. Sin embargo mi apreciación personal es que quizá sería muy extremista de parte de algunos el señalar esta traducción como el producto de personas con malas intenciones. Mi opinión en este sentido es que las traducciones muchas veces obedecen a la intención de algunas personas, en este caso de una casa publicitaria, de hacer más comprensible el texto bíblico. Pero me preocupa que algunas traducciones puedan estar más bien suplantando la obra de interpretación y revelación que corresponde únicamente al Espíritu Santo por medio del esfuerzo de su propio intelecto, o como es el caso de la Traducción del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová, hacer una traducción que apoye una interpretación teológica particular.
A manera de ejemplo, quisiera decir que he conocido creyentes de varios países de Latinoamérica, tanto dentro de los Estados Unidos, como también en sus países de origen, quienes aún con su poca preparación intelectual o nivel de enseñanza, son capaces de leer la palabra, de comprenderla e interpretarla de una manera correcta, y de aplicarla a sus vidas en una manera efectiva, y yo pienso que esto es una prueba suficiente de que el Espíritu Santo es suficiente para guiar a los creyentes a llegar “a toda la verdad”, como dijo el mismo Jesús en Juan 16:13, y si leemos el contexto de este pasaje, nos daremos cuenta que la interpretación de las Escrituras es jurisdicción exclusiva del Espíritu Santo. Las traducciones bíblicas, cuando van al extremo de querer “hacer calzar” una postura teológica en particular, no honran la intención original de Dios al darnos su Palabra. Incursionar en este territorio trae como consecuencia la pérdida de la vitalidad de la palabra de Dios, la cual fue inspirada por el Espíritu Santo mismo. Hacerlo de otra manera es plagiar las Escrituras para otros fines ulteriores.
Lo que necesitamos hoy día en un testimonio vivo de la presencia de Dios en nuestras vidas. Los creyentes que viven el Evangelio, como aquellos a los cuales hago referencia en este ensayo, son ese ejemplo vivo que necesitamos. Estos son hermanos que no han tenido otra versión de las Escrituras mas que la Reina-Valera en la mayoría de los casos. Yo creo que esta es la mejor interpretación de la Biblia que podemos encontrar, personas que conocen al Señor Jesucristo, que han creído en él con todo su corazón y le sirven con todas sus fuerzas y con toda su vida. Son los que esperan con paciencia el día de la manifestación gloriosa del Señor Jesucristo, cuando venga en las nubes, y su galardón con él, con el que premiará a su Iglesia, en este caso cada miembro en particular, por el trabajo que haya hecho por la causa de Cristo y de su reino.
Aunque no considero una gran ofensa el cambiar el nombre de Jesucristo por el de “Jesús, el Ungido”, me preocupa el hecho de que se polemice mucho al respecto. Los que hemos recibido la enseñanza por medio de la Palabra y entendemos lo que significa “Jesucristo” (pues todos los que creemos sabemos que Jesús significa Salvador y que Cristo significa ungido), nos debemos preguntar qué valor tendría traducir Jesucristo como “Jesús, el Ungido” si la persona que supuestamente va entenderlo mejor no sabe lo que significa “Ungido”.
Debemos asimismo reconocer que somos seres humanos y podemos equivocarnos, especialmente si no estamos en sintonía con el Espíritu Santo. Con esto en mente, podemos imaginarnos que fácilmente podemos hacer que aquellos a quienes queremos enseñarles la verdad de la Palabra prescindan del Espíritu Santo al ofrecerles traducciones de la Palabra ya “masticadas”, negándoles la experiencia que nosotros mismos ya hemos tenido y disfrutado, mediante la cual el Espíritu Santo nos reveló la Palabra, llevándonos al conocimiento de toda la verdad.
Por esta razón pienso que muchas de las traducciones que hoy se manejan buscan ayudar al intelecto humano a comprender algo que es más bien espiritual. En este sentido debemos reconocer que es posible que la iglesia no esté ofreciendo el servicio que debe dar a la humanidad. La iglesia debe dejar algunas cosas para que el Espíritu Santo mismo la revele, y eso requiere que conservemos la Palabra en su estado original y permitir que el Espíritu Santo de la interpretación correcta para que prosigamos adelante en el conocimiento de la Palabra y en el conocimiento del Señor Jesucristo y de esa forma poder tener no solamente la ventaja sino el privilegio de ser enseñados por el Espíritu Santo de la promesa.
Creo firmemente que el Señor logró su propósito por medio de aquellos que escribieron la Palabra, especialmente el Nuevo Testamento. Creo que es confiable y que la podemos utilizar como la guía de vida que necesitamos, sin importar la cultura a que pertenezcamos. La obediencia a la Palabra de Dios nos lleva a vivir como Cristo vivió, lo cual se convierte en la mejor traducción de la Escritura que el mundo pueda conocer. Imitemos a Jesús, el Ungido, y la manera en que él vivió. Vivamos una vida sacrificada que demuestre que el Evangelio es una verdad manifiesta en nuestra vida, una verdad que afirma que es Dios el que vive en nosotros, como dijeron los Apóstoles: “Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” (2 Corintios 3:2-3).
